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Hay un abandonador y un abandonado.

- Todo empezó en octubre del año pasado –dijo Juan. Empezó que la conocí y sucedió que, tras un mes de intensa relación, decidió dejarme. Nunca había sentido la fuerza del apego de aquella manera. Nunca.


Juan no sabía bien qué le pasaba. Y prosiguió:

- Fue un proceso. Primero, echando mano de la razón, creí que no importaba. Pero pasaron unas semanas y, en vez de llegar el olvido, se impuso la emoción desbordada. ¿Qué me está pasando?, me inquiría a mi mismo. No entendía…


Lo mejor para Juan es que no había nada que entender porque no es la lógica la que hablaba sino el corazón que se abría paso, por fin, entre las madejas atávicas de juicios, motivos y razones. Pero la mente quería ser, como siempre, la protagonista y la revolvedora de la situación.

Si a la mente le das lugar ella cree que puede con todo. Pero la mente lo que sabe hacer es pensar, analizar, atar cabos, buscar razones, establecer causas y efectos… cuando lo que le estaba sucediendo a Juan era un desbordamiento.

¿Te has desbordado en alguna ocasión? No hace falta tener la experiencia de ver el desbordamiento de un río cuando es el corazón quien se abre paso en la coraza metálica de argumentos, esquemas, motivos, analíticas y sistemáticas que han endurecido la carne vulnerable y tierna de las vísceras del alma.

¿Sabes que las vísceras cantan? Que tienen su propio himno… Un canto aleve, suave, a veces imperceptible, que se expresa en el código del sentir. El corazón era como un niño que estaba aprendiendo a emitir sus primeros balbuceos “anda, si sé hablar, si tengo voz”. Juan se sorprendió a si mismo cantando sin emitir sonidos, expresando sin ser percibido acústicamente… Pero es que esta canción no era de notas audibles sino de entrañas que sentía muy a pesar suyo.

Ante el abandono la reacción común es cerrar, con la mente. Pero eso es sólo una pretensión. Porque la corriente del corazón no se cierra por decreto ley de las imposiciones mentales.

No estamos habituados a sentir pérdidas, a desgarrarnos. Por eso vamos al terapeuta, a que nos cierre la herida con la esperanza de que haga de cirujano y tape con anestésico el dolor del abandono.

Pero el tan temido sufrimiento marca el final de la complacencia y nos abre a la vulnerablidad, la clave para comprender qué somos.

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Confesiones de un abandonado4.41011

3 comentarios a “Confesiones de un abandonado”

  1. ermie

    muy bueno

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  2. Aurora

    Y no llores,que eres un dependiente,un ser débil; tómate esta pastillita, que así te convertirás en un ser sin sentimientos!

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  3. ivan

    Este artÍculo es pedorro. Uno no está mal por lo que le pasa, sino porque está mal…,le pasa lo que le pasa.O sea que venía de antes el proceso de destrucción.

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